Seguramente hemos escuchado miles de veces como muchas revistas femininas vociferan que “las mujeres pueden tenerlo todo”, dando a entender que tenerlo todo es ser una trabajadora exitosa, una mamá exitosa y una esposa exitosa (porque la idea además viene cargada de heteronormatividad). Pero yo vengo a decirles que esta frase es una trampa.

Una trampa construída para para hacernos fracasar como trabajadoras, madres y esposas, pues la sociedad actualmente no está construída para facilitar el éxito femenino. Una trampa que pone la barra a una altura inalcanzable para luego culpar al feminismo de “habernos hecho creer que sí podíamos”.

El problema son los estereotipos de género. Esos roles que nos hacen asumir que es la mujer la que se supone debe encargarse del hogar y a la vez salir a trabajar para contribuir con el hogar y sentirse más empoderada. Esos estereotipos que apuntan a que es la mamá la que debe dejar de asistir a una reunión para ver el acto de fin de curso de su hij@. Porque se supone que para una mujer “tenerlo todo” es balancear familia y trabajo, pero ¿qué es “tenerlo todo” para un hombre?

Foto: www.empleoycarrera.com
Foto: www.empleoycarrera.com

Esos roles que ponen una gran cantidad de presión sobre las mujeres y crean un sentimiento de culpa horrible si no eres la mamá, trabajadora y esposa perfecta a la vez. Y así es como nos perdemos el gran esquema, ese mundo en el que los horarios de trabajo no coinciden con los de los colegios, donde las guarderías son muy costosas y donde las mujeres ganan menos o no son contratadas por tener familia.

En una sociedad así, ¿cómo se supone que una mujer, o cualquier persona, puede desempeñar todos los roles a la vez? Y no solo eso, sino que si comete errores es avergonzada por ello.

A raíz del auge de la frase vemos como las mujeres ahora se enfrentan a dobles jornadas de trabajo, uno en la esfera pública y otro en la esfera privada. Por supuesto nadie considera trabajo a atender el hogar porque no contribuye monetariamente con la economía (como si no requiriera tiempo, esfuerzo y dedicación).

¿Pero qué sociedad podría sostenerse si nadie se encargara de las tareas del hogar? De aquí surge el concepto de reproducción social1 , que no es más que la serie de procesos que permiten que los individuos crezcan y vivan (comida, abrigo, vivienda, limpieza); y esta tarea ha estado tradicionalmente asociada con la mujer a causa de estereotipos de género.

Foto: La Primera Plana
Foto: La Primera Plana

Ahora bien, producto de la misma presión sobre las mujeres de “tenerlo todo” podemos observar un fenómeno aún más preocupante: la explotación de las mujeres que asumen el trabajo del hogar. Quienes tienen el privilegio de recibir educación y acceder a un salario mayor contratan a otras mujeres para que se encarguen de lo que ellas tienen que dejar atrás para poder triunfar laboralmente: casa e hijos.  Todo bien hasta allí, no hay nada de malo en trabajar como ayuda doméstica o contratarla.

Pero aquí viene la trampa. Como el trabajo del hogar es infravalorado estas mujeres no cuentan con un buen salario y condiciones de vida decentes para desempeñar su labor.

De esta manera vemos fenómenos como la migración trasnacional, donde mujeres de países empobrecidos migran a naciones desarrolladas a trabajar como niñeras o señoras de servicio, sin ningún tipo de seguridad social, dejando a sus propias familias atrás y mandando remesas que en muchos casos sustentan parte de la economía de sus países de origen (ejemplo: Filipinas, islas de Caribe)2 .

A su vez, las mujeres que acceden a los llamados “buenos empleos” tampoco son valoradas y sufren de fenómenos como la brecha salarial. Haciendo aún más difícil el poder costear servicios domésticos de alto costo, sobretodo si son madres solteras.

Si están casadas, se convierten de facto en las principales culpables de cualquier deficiencia en el cuidado del hogar o los hijos, y en las culpables del costo monetario que la familia asume al pagar a una persona externa para que cubra esas tareas, que el mundo asume le corresponden a ella.

Foto: The Huffington Post
Foto: The Huffington Post

Es así como queda la sensación de que las mujeres no podemos ganar, no importa la posición en la que nos encontremos.

Y es que las barreras estructurales impiden que la mujer disfrute de las mismas condiciones que el hombre y por eso frases como “las mujeres pueden tenerlo todo” hacen tanto daño. Porque no son expectativas realistas, ningún ser humano es capaz de lograrlo y es injusto que la presión esté dirigida únicamente a la mujer.

¿Por qué no mejor desmontar los roles patriarcales y que tanto el trabajo del hogar como el de la calle sean igual de respetados y bien remunerados?

¿Por qué no tener una sociedad donde hombres y mujeres repartan las cargas como mejor decidan y que ambos tengan las mismas oportunidades de ser exitosos en todos los ámbitos?

¿Por qué no reformular la frase “tenerlo todo” y que cada ser humano la adapte a sus propias aspiraciones y no a un molde social pre-establecido?

Foto: The Atlantic
Foto: The Atlantic

Yo sé que la frase puede sonar inspiradora a que las niñas y mujeres sueñen en grande, pero también estamos perpetuando la idea falsa de que es posible ganarle al sistema, cuando sabemos que la competencia es desleal desde el día uno.

Mejor tratemos de desafiar esos patrones para que el ganar no sea una misión imposible sino solo cuestión de esfuerzo por alcanzar lo que PARA TI es éxito.

¿Ustedes han sentido la presión de la frase “las mujeres pueden tenerlo todo? ¡Cuéntenme en los comentarios!

1Luxton, Meg. 2006. “Feminist Political Economy in Canada and the Politics of Social Reproduction.” In Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges NeoLiberalism, edited by Kate Bezanson and Meg Luxton.  Montreal and Kingston: McGill-­Queen’s University Press.

2Arat-Koc, Sedef. 2006. “Whose Social Reproduction? Transnational Motherhood and Challenges to Feminist Political Economy.” In Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges NeoLiberalism, edited by Kate Bezanson and Meg Luxton. Montreal and Kingston: McGill-­Queen’s University Press.