No hace mucho, mi amiga Ester y yo estábamos paseando por una de las calles principales de nuestra ciudad, Madrid, cuando de pronto vimos un grupo de personas paradas frente a un hombre en situación de calle que había colocado en la acera varios carteles. Nos acercamos y los leímos.

Esto es lo que decía el primero de todos:

A las chicas que pasáis por aquí:

Por lo que veo, digo y percibo, ser como soy, una persona noble, sincera, honesta, sensible y con valores, una Buena persona, que desde la impotencia y la humillación pide por lástima, caridad o pena un polvo con alguna chica, resulta que a vuestros ojos eso ya me convierte necesariamente en un indeseable o en alguien del que hay que pasar como de comer mierda.

¿Pero cómo podéis ser tan crueles y dejarme aquí tirado en la calle?
¡Soy un ser humano! ¡Tengo sentimientos humanos!

No nos podíamos creer lo que veíamos. Seguimos leyendo en silencio. Todo el mundo estaba en silencio. Nadie sabía qué decir. indigente carteles

Aquí va otro ejemplo de estos mensajes:

Nunca jamás se ha acercado a mí una sola chica para decirme lo que tanto necesitaría y necesito escuchar: “¿Sabes? Yo te entiendo, te entiendo y te comprendo, entiendo y comprendo que si tú pides un polvo así de esta manera aquí tirado en la calle arrastrándote y humillándote es porque de verdad lo necesitas mucho, y es una pena, y me duele que pasen estas cosas, que por algo que para nosotras no tiene ninguna importancia, porque un polvo no la tiene, esté usted o tú ahí sufriendo, angustiado y pasándolo mal. Recoge o quita los carteles que yo te voy a ayudar.” (Así sí me estaría ayudando)

Miré a mi amiga Ester. En sus ojos había una mezcla de horror y asco. Ambas sacamos los móviles y, al igual que muchas otras personas que pasaban por allí, tomamos fotos de estos mensajes escritos a mano. Ni una sola persona – mujer u hombre – se acercó a este señor, que siguió tumbado en el suelo, detrás de sus carteles, tapándose con una manta. Me habría gustado preguntarle al resto de los viandantes por su opinión al respecto, pero la situación ya era bastante tensa y el repentino silencio en medio de aquella calle tan llena de vida hablaba por sí mismo.

Al marcharnos de allí y hablar de lo que acabábamos de vivir, nos dimos cuenta de que el núcleo de estos mensajes es en realidad algo que se encuentra ampliamente extendido y aceptado en nuestra sociedad, algo que los medios y las redes sociales muestran constantemente, incluso con tono humorístico – el concepto del sexo como algo que las mujeres dan a los hombres por haber hecho algo para merecerlo.

En seguida me vino a la cabeza la figura de las mujeres que viajamos solas. Por supuesto, la expectativa del sexo como agradecimiento a cambio de un favor no es un problema para las turistas (es decir, en un contexto de viaje de alto coste), dado que la forma de pago por todas las necesidades básicas (hospedaje, transporte, etc.) es, simplemente, el dinero.

Sin embargo, cuando viajamos con un presupuesto bajo y sustituimos el consumo por otras estrategias como el autostop o dormir en casas de desconocidos, el concepto de “pago” se difumina, porque aquéllos que nos proveen de estos medios lo hacen, supuestamente, de forma altruista. Pero – y éste es un “pero” importante – también esperan obtener un beneficio no tangible, como oír o contar una buena historia, o crear un lazo con un aventurero desconocido. Y esto no sólo tiene lógica, sino que constituye la base de los viajes de bajo coste: la creación de lazos con extraños frente a la compra sistemática de cada paso que damos.

Sin embargo, el problema para las mujeres comienza cuando se espera de nosotras algo más.

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No es un secreto que la expectativa de sexo como pago por un traslado o un lugar donde pasar la noche es uno de los mayores miedos de las viajeras solitarias. Y ni siquiera hace falta preguntarle a una de ellas – incluso mis abuelos sintieron este miedo cuando yo decidí recorrer otro país sola por primera vez, porque este asunto no afecta exclusivamente al mundo de los viajes, sino que se trata de un asunto social.

A las mujeres se nos dice constantemente, de forma directa o indirecta, que el sexo es algo con lo que recompensar a los hombres que son buenos con nosotras.

Ay, “bueno”. Qué palabra tan tramposa.  ¿Qué sentido tiene la bondad cuando esperas un par de piernas abiertas a cambio?

Cuando una mujer heterosexual decide no dar su número de teléfono a un hombre que acaba de invitarla a una copa, la llamamos perra. Cuando sale con “capullos” pero quiere ser amiga de un “buen chico” que está enamorado de ella, decimos que es injusto. Cuando se acuesta con quien le da la gana simplemente porque le da la gana, no porque el tío haya hecho algo para merecérselo, la calificamos de “fácil”. Todas estas reacciones nacen de la idea de que las decisiones personales de las mujeres acerca de con quién tienen sexo deberían estar basadas en los logros de los hombres y no exclusivamente en sus deseos.

Pero aún hay más. Este constante martilleo psicológico acaba poniendo a las mujeres en situaciones tales como tener que ser extra-simpáticas al decir “no” a ese anfitrión que te está acosando porque, oye, guapa, que ha dejado que te quedes a dormir en su sofá, a ver si no va a poder esperar algo a cambio, ¿no? Muchas de las mujeres que viajamos o hemos viajado solas hemos tenido que enfrentarnos a este problema más de una vez – no sólo a la presión de la lógica de un hombre que dicta que deberías acostarte con él para devolverle un favor, sino también a la obligación de ser extremadamente amables al decir que no, porque nos sentimos culpables, porque en el fondo sentimos que se lo debemos. Aceptamos este razonamiento y nos convertimos en parte de él, y ése es posiblemente el mayor peligro de todos.

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Traducción: “Las mujeres nunca salen con buenos chicos como yo. Odio a esas perras de mierda”

Esto es exactamente lo que este hombre en la calle estaba gritando a los cuatro vientos con sus carteles. Se quejaba de que ninguna de las viandantes le diera sexo aunque él fuera una buena persona, y clamaba que esta decision les (nos) hacía unas desgraciadas sin corazón.

Mi pregunta es: ¿por qué causaron estos carteles tal impacto en los peatones  cuando de forma diaria nosotros mismos alimentamos esta forma de pensar con nuestro comportamiento, o con nuestro silencio al atestiguar el de otros? Este hombre no era un chiflado berreando que se acercaba el apocalipsis; su mensaje es la consecuencia directa de una asunción peligrosa que hemos acatado como norma de forma más o menos profunda, y que mantenemos viva a golpe de presión o culpa. Pero él lo expresaba de forma explícita, no se andaba con rodeos. Y tal vez, sólo tal vez, fuera esto lo que estuviera causando a la gente tantas incomodidades.

Publicado originalmente en el blog personal de la autora Revolution on the Road.