Este verano me embarqué en un viaje de cinco semanas que consistía en cruzar los Balcanes por el Oeste para llegar a Grecia y ayudar en la crisis de los refugiados. Parte de este recorrido, que incluyó Hungría, Croacia, Montenegro y Albania, lo hice a dedo, subiendo a coches de desconocidos.

Tanto Grecia como los Balcanes son tristemente conocidospor los comportamientos machistas de sus habitantes (tampoco es que en España vayamos sobradas de igualdad, pero en estas áreas el tema concreto del acoso callejero es más frecuente), y no tardé mucho en comprobarlo.

Éste es el relato de uno de los acosos más paralizantes que recuerdo haber vivido, en Ulcinj (Montenegro), casi en la frontera con Albania y a dos horas de su capital y mi próximo destino, Tirana. Lo escribí a los pocos días en mi cuaderno de viajes.

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“El mapa del hostal no me quedaba muy claro, así que me acerqué a tres hombres que charlaban en una esquina y les pregunté en qué sentido debía caminar.

Tras darme indicaciones, uno de ellos se ofreció a acompañarme un tramo. Yo acepté (a ver qué iba a hacer) y empezamos a caminar juntos bajo las miradas de sus compañeros. Era un hombre delgado, no muy alto, con energía y una sonrisa simpática. Tendría unos 40 años. Me preguntó de dónde era, me contó que él era de Kosovo y me ofreció una nectarina que yo acepté. Mientras la lavaba se me voló el mapa y corrí unos metros tras él dejando la mochila en el suelo, porque no tenía la sensación de que quisiera robarme. Pero poco a poco empezó a brotar en mí la sensación de que igual sí quería otra cosa.

Él no paraba de hablar animadamente y yo pensaba en cuándo pensaba darse la vuelta y regresar con sus amigos, pero me fui dando cuenta a medida que avanzábamos de que no pretendía volver. Iba a acompañarme hasta el final. Vale que yo quería estar sola, pero algo me daba mala espina. Él no paraba de hablar – y de interrumpirme, como si quisiera hacer avanzar la conversación a toda costa. De vez en cuando me tocaba el brazo, o invadía mi espacio, y cuando yo hacía amago de desviarme en su dirección él no se movía ni un ápice: si yo seguía, nos chocábamos.

“¿Estás casada?”

De pronto soltó esa bomba y yo me paralicé un poco. Llevaba un tiempo dándome cuenta de que, sin ser consciente, yo estaba caminando de forma más masculina, intentando no mirarle mucho a la cara y riéndome y soltando comentarios despreocupados, como diciendo “soy como un tío, somos colegas”. Autodefensa conductual que no sirvió de mucho, si acaso para mandarle el mensaje de que no me daba (tanto) miedo.

“No. Tengo novio.”
“Ah.”

“¿Y tú, tienes novio?”

“¡¡No, no, no!! A mí me gustan las mujeres.”

Se ofende un poco por mi comentario y eso me gusta porque cambia un poco la dinámica de poder. Pero entonces se le ilumina el rostro, me mira y me pregunta: “¿A ti te gustan ambos?” Yo pongo cara de mierda y suelto: “A mí me gusta mi novio.” Y me llevan los demonios por no poder responderle la verdad y por no ser capaz de decirle que, tenga o no tenga novio, no soy propiedad de nadie, y es a él y sólo a él a quien estoy rechazando. No a todos los hombres por mi novio. A él, por .

“¿Y dónde está tu novio ahora?”

O sea, que me lo estoy inventando. O que si no está aquí para partirle la cara, él puede intentar seguir acosándome. Me come la rabia mientras le respondo: “En Shköder. Lo veo mañana.”

Es una mentira evidente y él se dedica a invitarme a irme con él, que me paga una bebida, que charlemos, y yo le digo que no y le pongo mil excusas y él insiste e insiste, porque un “no” no es suficiente, porque por haber nacido con tetas y coño llevo ya media hora aguantando una invasión de mi espacio y una sarta de preguntas dirigidas a dejarme bien clarito que quieres follar conmigo aunque yo te estoy dejando bien clarito que yo no quiero. Pero lo que yo quiera ahora da igual, porque igual si sigues presionándome puede que llegue a ceder, como un tornillo, y lo único que buscas es saciarte tú a mi costa, sin importar lo que yo quiera. Y lo peor es que creo que no te estás dando cuenta de lo mal que me lo estás haciendo pasar.

Para ti es un juego (de hecho Álvaro Reyes lo llama así, “juego”), pero para mí es una carrera de obstáculos cuyo objetivo es huir de ti. No es un puto juego aunque tú te lo estés pasando estupendamente. Para ti, sí. Tú eres el depredador jugando con la comida antes de asestarle un golpe. Yo me siento como el ratón que intenta llegar a una guarida.”

No es necesario plasmar aquí el relato completo. Al final acabé respondiéndole con frases cada vez más secas y desagradables hasta que me dejó en paz, pero la sensación de asco y humillación duró horas. Me sentí estúpida y las preguntas acusadoras se agolpaban en mi cabeza. ¿Por qué no le había mandado a la mierda desde el principio?

¿De qué servía tanto feminismo si no era capaz de plantarme en una situación así? ¿Es que era tonta? Resulta muy difícil describir ese sentimiento de rabia, casi rozando el deseo de volvérmelo a encontrar para gritarle, para partirle la cara.

Pero en vez de eso volví al hostal y decidí que el plan de hacer autostop a Tirana al día siguiente se mantenía.

 

Pequeño comunicado en la página de Facebook, publicado tras llegar al hostal
Pequeño comunicado en la página de Facebook, publicado tras llegar al hostal

 

¿Por qué decidí hacer autostop al día siguiente a pesar de lo que acababa de vivir? Para empezar, porque seguía sintiendo mucha rabia, y la rabia muchas veces pesa más que el miedo. El hecho de que el acoso se hubiera prolongado durante casi una hora disfrazado de conversación (recordemos que él me estaba “ayudando” a encontrar el camino por el que YO le había preguntado), hizo que la experiencia resultara especialmente humillante, mucho más que esas veces en las que un hombre me había gritado una burrada y yo le había respondido con una burrada aún mayor.

Porque en este caso parecía que yo podía haberme librado de él simplemente siendo cortante y diciéndole que se largara. Pero no fui capaz, bien por miedo a su reacción, bien porque esta forma de acoso me había pillado totalmente desprevenida, ya que la conversación había empezado de forma aparentemente agradable. Supongo que fue una mezcla de ambas cosas. En cualquier caso, lo único que sentía era una rabia tremenda por no haber sabido hacer frente a esa situación. Y decidí que el miedo no iba a volver a paralizarme de la misma manera.

Porque no, yo no había sido tonta o cobarde por no haber sido capaz de hacerle frente. Nada de lo que me había pasado era mi culpa. Y la rabia desapareció cuando conseguí interiorizar eso, no cuando hice autostop al día siguiente, o cuando semanas más tarde perseguí dando alaridos a un desgraciado en Atenas que se dedicó a seguirnos a una amiga y a mí bajándose la bragueta y que salió corriendo ante mi reacción.

Estamos tan acostumbradas a autoculparnos en situaciones de dominación masculina que cuesta arrancarse esa sensación de encima. Y una vez realizado este ejercicio de autoexculpación, existen dos caminos: dejarnos amedrentar por el miedo o usar esa rabia para empoderarnos e incluso lanzarla contra el próximo que vuelva a intentarlo. Y eso es lo que hice yo.

 

"Dije que lo haría." Foto tomada desde el coche que me dejó en el centro de Tirana al día siguiente.
“Dije que lo haría.” Foto tomada desde el coche que me dejó en el centro de Tirana al día siguiente.

Al día siguiente tuve la mejor experiencia de autostop que he tenido hasta ahora. Recorrí Albania en el coche de un señor que no tenía ni idea de inglés, y durante todo el viaje estuvimos comunicándonos con onomatopeyas, gestos (los conductores albaneses no tienen ningún problema en soltar el volante para mirar al copiloto y gesticular tranquilamente) e incluso con un juego que nos inventamos en el que yo imitaba el sonido de un animal y él me decía el nombre del animal en albanés. Nos despedimos con un abrazo y yo me sentí con más fuerzas y, lo que es más importante, con más esperanzas. No vaya a ser que alguien me diga que not all men.

Una vez en Tirana confirmé lo que había oído sobre acoso callejero en este país. Resulta imposible dar tres pasos seguidos sin que un hombre te silbe como si fueras un perro. Y en ese primer día descubrí que, al contrario de otras veces, había algo que me impedía responderles. Parece que había quedado un resquicio de inseguridad después de la experiencia del día anterior.

Así que, para quitármelo de encima, hice un pequeño experimento. Primero me di una buena ducha (no, ése no era el experimento), me puse el único vestido que tenía en la mochila y algo de maquillaje, porque me apetecía, y me hizo sentir algo más fuerte. Y después me dediqué a pasear sola por la ciudad, mentalizada esta vez sobre el acoso que sabía que iba a recibir sí o sí, y dispuesta a responder a todo el que me dijera algo.

Y vaya si lo hice. Respondí a todo, esta vez firme y con la certeza de tener todo el derecho a hacerlo. Parecerá una tontería, pero sin llegar a ponerme deliberadamente en una situación de peligro, conseguí sentir que había recuperado algo de mi poder, y esa sensación es tremendamente importante.

No podemos evitar que muchos hombres nos silben por la calle, que nos persigan, que nos objetifiquen. Tampoco es, en ningún caso, culpa nuestra si lo hacen. Pero sí podemos responderles, como cualquiera respondería ante una agresión. Y, desde luego, no podemos dejar que nos convenzan de que la calle es suya, de que la noche es suya, de que los espacios públicos les pertenecen.

La calle y la noche y los viajes en solitario son nuestros, y el autostop y las minifaldas y el alcohol. Es tan nuestro como suyo, y considero que por cada paso atrás que esté tentada a dar a causa de experiencias como ésta, debo dar tres más al frente, porque la razón para hacerlo se triplica con ellas. De camino a casa queremos ser libres, no valientes – y hasta que podamos ser libres, vaya si vamos a ser valientes.